El origen del nombre de Ciego de Ávila quizás sea el más desconocido en la Isla entre todas las ciudades importantes de Cuba. No le hace honores a su pasado aborigen como su hermana ciudad de Camagüey, derivada del cacique taíno Camagüebax; no heredó nada de los pomposos nombres de las primeras villas fundadas por los conquistadores españoles, porque se fundó mucho después; tampoco le rinde tributo a ningún limitado de visión famoso que habitó el lugar hace tiempo atrás. La actual ciudad de Ciego de Ávila y sus alrededores a principios del siglo XVI formaba parte del cacicazgo de Ornofay, taíno que había ubicado su morada en lo que hoy es el poblado de Jicotea, situado a unos 12 kilómetros al oeste de Ciego. Como se puede ver, ni donde el cacique se instaló perdura el legado de su nombre. El primer encuentro con estos aborígenes se realizó por iniciativa de Diego Velázquez, que envió a Pánfilo de Narváez a explorar la zona. El objetivo era observar el sitio y contar los “indios” para decidir sobre el destino de este enclave. Apenas se fundó Sancti Spíritus, en 1514, se lanzaron los invasores sobre el pueblo de Ornofay que, dedicado a la caza y a una incipiente agricultura, fue presa fácil para los ibéricos. Y así, con la misma rapidez con que fueron esclavizados desapareció la huella de un posible apelativo aborigen para la futura ciudad. Años más tarde, en 1538, el cabildo espirituano le concedió a Jácome Ávila tierras realengas en la zona del despojado jefe Ornofay. Este peninsular al parecer bien avispado adivinó las ganancias que obtendría si construía una posada-mesón justo a mitad del camino entre las villas de Puerto Príncipe y Sancti Spíritus. Y así lo hizo: segó los montes y fundó una hacienda con posada y mesón. El éxito fue rotundo. Pronto el parador de Ávila se hizo imprescindible para los cada vez más numerosos colonizadores, que se enfrentaban al extenuante trasiego entre las incipientes urbes. ¿Y de dónde surgió lo de Ciego? Es que en el español de aquella época el vocablo segar, de cortar vegetación o bosques como lo conocemos hoy, se escribía con C. Por tanto, ciego se le llamaba a un espacio abierto en el monte, que podía ser una sabana natural o una “tumba” hecha por el hombre para la crianza de ganado. “El ciego de Ávila” se repitió de boca en boca hasta quedar acuñado como nombre de la hacienda con posada y mesón tan estratégicamente ubicada. Con el éxito de Don Jácome se embullaron otros competidores y en la zona se desató un boom de la hostelería. Para inicios del siglo XVII en la región se contaban los ciegos de Jagueyal, Júcaro, Sitio Nuevo, Dos Hermanas, La Redonda y otros más alejados. Sin embargo, a ninguno de estos lugares se les llamó ciego. El uso de esta expresión quedó como exclusiva para referirse al original fundado por Ávila, que se mantuvo como el más grande y próspero de todos. Los españoles intentaron en 1688 ponerle San Eugenio del Ciego, pero el nombre no prendió entre quienes les siguieron fieles al emprendedor Ávila. Fue en 1877, por orden del rey Alfonso XII, que Ciego de Ávila se convirtió en municipio. En 1976, la provincia de la cual es cabecera, heredó el nombre de la ciudad que siglos antes iniciara un peninsular con buena mano para los negocios. La ciudad continuó con su C flamante, legado del español antiguo, hasta nuestros días. Y ahora dudo que alguien quiera enmendar la falta de ortografía y empezar a escribir Siego de Ávila.