Cuba tiene los caracoles más hermosos del planeta. Ni los de hábitats marinos poseen variaciones y combinaciones cromáticas tan sorprendentes como nuestras polímitas. Bien merecido su nombre, que proviene del vocablo griego polymita y significa muchas rayas. Y aunque existen algunas sin rayas, la mayoría sobresalen por los patrones de líneas en la concha. Presentes en todas las provincias orientales y en la porción noreste de Camagüey, algunas de las seis especies descritas son autóctonas de las regiones boscosas del extremo este de la Isla, sobre todo, en la zona de Baracoa y Maisí. De hecho, se estima que su endemismo local las circunscribe a áreas de apenas unos pocos kilómetros cuadrados. Debido a la belleza de sus conchas las polímitas han sido víctimas de la sobreexplotación por colectas masivas asociadas al comercio ilegal. Este motivo unido a la transformación de sus hábitats naturales, y la introducción de plantas y animales exóticos que modifican el entorno, han provocado la alarma en el ámbito científico cubano, desde donde se han realizado varios llamados de alerta sobre el grave peligro de extinción que se cierne sobre los peculiares moluscos. La hermosura les ha jugado una mala pasada a los caracoles desde hace siglos. Se sabe por las crónicas de la época de la colonización que entonces se enviaban barriles y barriles de conchas a Europa. Allá se vendían a precios exorbitantes, así que se volvieron muy cotizadas. No es de extrañar que diezmaran sus poblaciones. Sin las polímitas se desequilibraría el ecosistema, donde además de servirle de alimento a otra especie amenazada, el gavilán caguarero, funcionan como controladores biológicos, pues devoran hongos que crecen sobre las superficies de los árboles. Sin ellas las plantaciones de café, renglón económico importante de la región oriental, pudieran contraer diversas enfermedades. Entendidos aseguran que bastan cuatro polímitas adultas sobre un cafeto para liberar sus hojas de hongos, y de seis a ocho en una planta de guayaba para igual función. Cubanas de pura cepa, las polímitas son fanáticas al calor y la humedad. Se les ve más activas en días lluviosos, pues así los hongos y líquenes adheridos a las hojas y cortezas están más frescos. Y además necesitan altas temperaturas. Cuando hay menos de 20° Celsius, recogidas en sus conchas, se pegan en alguna superficie esperando el regreso del calor. Son hermafroditas, como casi todos los moluscos terrestres cubanos. En la época de las lluvias, que coincide con su etapa reproductiva, se puede ver cómo dos individuos adultos se unen en un romántico abrazo que finaliza con una fecundación cruzada, o sea, ambos caracoles se fecundan. Después que los huevecillos alcanzan la madurez en el interior del animal, este desciende de las ramas hasta el suelo. Allí cava pequeños huecos en la tierra, para depositar los huevos o los coloca entre las hojas caídas. Días más tarde salen los pequeños con dos o tres centímetros, y enseguida trepan al tronco de una planta en busca de alimentos. Solo regresarán a la superficie en busca de otra planta para alimentarse o cuando sean adultos y bajen a depositar los huevos. Contrastes sobran: Un negro oscuro como la medianoche y un amarillo propio del sol caben en una sola concha y borran las dudas del que fuera chovinismo asegurar que Cuba tiene los caracoles más bellos del mundo.